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Flores

Llevaba mucho tiempo sentado, hasta tal punto que le dolía todo el cuerpo, pero no se movió. El dolor, suave y constante, era una de las pocas cosas que podía sentir comparado con la infinidad de sentimientos que otros sí podían percibir. Pensó que no era justo, le pareció una especie de broma cruel de… ¿quién? ¿La genética? ¿La piscología? ¿Dios? No existía Dios, no para él. No podía existir un Dios. ¿Qué sentido tendría él si, de hecho, hubiese un Dios? ¿Cómo una divinidad tan poderosa podía ser tan malvada como para haberlo creado? ¿Por qué tanta gente creería en Dios si era malvado? ¿A santo de qué, de todos modos, crearía un Dios, fuese cual fuese, tal carcasa vacía como hombre? ¿Qué sentido tenía su existencia?

El Príncipe no tenía respuestas. Había pensado en ello. Había pensado en todo lo que había podido imaginar durante los cientos de años que había permanecido en su vacío reino y, al final, nada tenía sentido. Sabía que su pueblo creía que había sido puesto en el mundo por una razón y por ello lo habían nombrado Príncipe, gobernante de aquella tierra. No podía sentir como ellos porque no había sido fabricado de la misma manera. Él era pura lógica; y así era de la manera en la que habían decidido que la ley tenía que ser aplicada, con lógica en vez de con sentimiento. Él estaba de acuerdo y había obedecido. También sabía que hasta cierto punto lo habían utilizado; y se podría haber sentido como una marioneta, pero simplemente le era indiferente.

Se observó las manos, blancas, tersas y limpias como las de un niño, igual que el resto de su antiquísimo cuerpo. Había envejecido tan lentamente que no podía recordar el aspecto que había tenido su rostro en su infancia. Así, no tener corazón le era beneficioso para no poder sentir nada.

Desesperación habría sido lo apropiado en caso de que su pecho no hubiera estado vacío. Aún recordaba por qué alguien sentiría algo semejante, Kai se lo había explicado. Se lo había intentado explicar todo. Su madre, sin embargo, había intentado hacer entender al Príncipe los sentimientos en numerosas ocasiones, pero sus palabras nunca habían encontrado el significado correcto, la combinación precisa. Ella era la que había sucumbido a los brazos de la desesperación.

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