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Flores

Flores

Sabía que en cuanto retirase aquel peso muerto de su pecho que lo estaba arrastrando a la descomposición más absoluta no sentiría nada y todo aquel dolor, duda y reticencia que le impedían moverse desaparecería. Introdujo la mano entre las capas de ropa que lo cubrían y descansó la palma sobre su pecho helado. Tenía los ojos anegados de lágrimas aunque apenas sentía nada ya. Se había negado a desprenderse de aquel experimento fallido durante días a riesgo de exterminar aquellas flores que había robado y ganarse con ello el eterno desprecio de Víctor.

Pero él no podía entenderlo, Víctor había sido capaz de sentir todo lo que él no había podido toda su vida, y las vidas de ambos distaban enormemente en longitud. Se sintió mal por pensar en el muchacho con tal rencor, pero en ese momento ya sólo le quedaba negatividad. Todo lo que albergaba era desesperación y dolor. Respiró hondo e intentó racionalizar por encima de aquel torbellino de destrucción que lo estaba matando.

Necesitaba despojarse de las flores porque se estaban marchitando, y él con ellas. No tenía otra opción. El hecho era que debía habérselas devuelto a Víctor en cuanto había puesto un pie en el castillo y así ahorrarse ambos todo el sufrimiento que les había sobrevenido. La desesperación de Cian aumentó al pensar que su vida estaba gobernada por patrones, pero en esta ocasión él también estaba sintiendo las consecuencias de haberse arriesgado a acercarse a otro ser humano. Sabía que la amistad con el hijo de la mujer a la que había robado parte de su vida era precisamente lo que debía evitar. Y era lo primero que había permitido que sucediese.

Introdujo la mano en su pecho con un movimiento seco conforme una lágrima desbordó de uno de sus ojos. Extrajo las flores, negras y opacas con rapidez y notó congelársele la lágrima en la mejilla. Una sensación de vacío lo inundó durante una fracción de segundo y, después, la nada. Se recostó en el trono de la gran sala de su castillo, colocó las flores en su regazo y esperó a que amaneciese. Era consciente de que Víctor no le perdonaría haberle robado también la oportunidad de despedirse de la poca humanidad que jamás había existido en él, pero así al muchacho le sería más fácil olvidarlo.

Había sido el último deseo de su mente lúcida, el olvido absoluto.

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