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Madre

 –Son demasiadas coincidencias –el muchacho alzó una mano con el puño cerrado y extendió un dedo–. Primero, la ola de frío.

–En invierno.

–Sí, en invierno, pero hizo más frío de lo normal…

–Ya –Víctor observaba atentamente a su amigo, que fruncía el ceño en un gesto de profunda reflexión.

–Después, los robos.

–¿Robos?

–Sí. Desaparecieron varios objetos de algunas casas.

–Y como vivimos en un pueblo perfecto, nunca ha habido robos.

–Víctor, tío, tienes que mirar las cosas en conjunto.

–Continua.

–Después, los avistamientos –Víctor levantó una ceja y el chico lo atajó antes de que hiciera algún comentario–; sí, sí, avistamientos. Hay más de una persona que lo ha visto, por la noche, escabulléndose por los rincones. Una figura blanca, como un fantasma, y muy fría.

–Venga ya, eso son los rumores de siempre. Toda la vida lo mismo. No es más que la forma de los viejos de asustarnos de pequeños para que no nos metamos en el bosque.

–¿A ti qué te pasa? ¿Desde cuándo eres tan escéptico? –su amigo, muy dado a pensar todo con demasiado ahínco, solía confiarle sus teorías más peregrinas acerca de lo que él consideraba los extraños comportamientos de la vida pequeña del pueblo más lejano a la capital.

–¿Y tú desde cuándo eres tan crédulo? –contraatacó Víctor con una sonrisa.

–Nadie ha ido a comprobar al reino que no haya nadie.

–Yo no te estoy diciendo que no viva nadie ahí. Pero las historias de un tipo con aires de grandeza que vive solo en un reino que no tiene más que hielo son un poco difíciles de creer.

–Yo no creo que esté solo –el joven se encogió de hombros porque lo cierto era que toda noticia que tenían de aquel paraje no eran más que rumores e historias que se habían extendido de boca en boca sin la certeza de un testigo fiable–. Pero aún queda el último punto.

–La gran revelación.

–Hay gente que asegura que los observaba mientras dormía.

–¡Venga ya! –la incredulidad de Víctor fue menor de lo que esperaba.

–Te lo juro.

–¿Y eso cómo lo saben? ¿Alguien se ha despertado y lo ha visto, ahí, mirándolos dormir?

–No, pero todos hablan de la misma pesadilla. Exactamente la misma: algo… como unas manos, hurgándoles en el pecho, como si intentase helarles el corazón y las entrañas.

A Víctor se le secó la boca.

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